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Sonia Sotomayor: Una sabia decisión (Spanisch) Taschenbuch – 4. Mai 2010


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Über den Autor und weitere Mitwirkende

El Diario La Prensa
 
El Diario La Prensa es el periódico en español de mayor venta en Nueva York. Fundado en 1913, es el rotativo más antiguo del país en español. El Diario La Prensa forma parte de las publicaciones de ImpreMedia, la compañía multiplataforma número 1 en español en Estados Unidos. Sus diarios cubren 16 mercados en 7 plataformas diferentes. Entre sus propiedades también está La Opinión, el diario en español de mayor circulación en todo el país.
 
 
Mario Szichman
 
Mario Szichman ha publicado siete novelas y dos libros de ensayo. Su “Trilogía de la Patria Boba”, sobre las guerras de independencia en la Capitanía General de Venezuela consta de las novelas Los Papeles de Miranda (2000); Las dos muertes del general Simón Bolívar (2004), y Los años de la guerra a muerte (2007). Escribe una columna semanal para el diario TalCual de Caracas, y análisis políticos para la revista Contrabando, también de Caracas. Colabora además con publicaciones en Colombia, Italia y México. Szichman vive en Miami.

Leseprobe. Abdruck erfolgt mit freundlicher Genehmigung der Rechteinhaber. Alle Rechte vorbehalten.

Los Sotomayor crean una familia en EE.UU.

Muchos venimos de otra parte. Y a veces, nunca retornamos a esa otra parte. La pobreza, la guerra, van sembrando de tumbas las tierras de origen, que rápidamente se transmutan en fosas comunes de viviendas desamparadas. La búsqueda de nuevos horizontes adquiere múltiples urgencias. En ocasiones, no hay pobreza, no hay guerra, pero existe una profunda injusticia: las leyes se acatan, pero no se cumplen, y la arbitrariedad se convierte en norma. Sin raíces, muchos deambulan tratando de conquistar una nueva identidad. En el mejor de los casos, la familia y los amigos quedan anclados en la tierra de origen, como un hito, como el destino que el emigrado intenta eludir. Pero inclusive si las distancias son cortas, hay

un oceáno constituido por experiencias diferentes, por distintas redes sociales, y en ocasiones, por otro idioma. (Según Franz Kafka, un muchacho judío que decía "mame" a su madre, nunca podía creer que fuese la misma madre que un ciudadano alemán llamaba "mutter").

La familia de Sonia Sotomayor también viene de otra parte: Puerto Rico. En su caso, la mudanza a Estados Unidos tuvo la primera de las causas antes enunciadas: la pobreza. Es una pobreza que se remonta al primer día de la creación, una pobreza que todavía hoy resulta difícil de entender. Una pobreza monda y lironda como un hueso, y por lo tanto escondida, despojada de toda miseria. (Los ricos, decía Jorge Luís Borges, pueden entender la miseria, pero nunca la pobreza. Pues la miseria es pedigüeña, en tanto la pobreza se enorgullece de ser tan honrada como un gentilhombre español).

El padre de Sonia, Juan Sotomayor, nació en 1921, en Santurce, y su madre, Celina Báez, nació en 1927 en Santa Rosa, Lajas, un área rural de la costa suroeste de Puerto Rico. Ambos lucían la pobreza como si fuera una segunda piel. Y ambos sabían que tenían apenas dos alternativas frente a esa digna pobreza: o los mataba o los hacía más fuertes.

Poco se sabe del padre, que murió muy joven, cuando tenía apenas cuarenta y dos años. Y su tenue presencia está acentuada por el hecho de que en el cementerio de Lajas, donde fue enterrado, su tumba todavía carece de nombre.

Hay una foto donde el padre aparece junto a su esposa, Celina Báez. Él sostiene con su mano izquierda el brazo izquierdo de Sonia Sotomayor, en esa época una bebita que parece confusa, distraída. (Es bueno creer en esas fotos de bebés, pues reflejan distintas emociones en una época en que todavía no han aprendido la astucia). En la foto, Juan Sotomayor tiene el aspecto de un hombre robusto, amable, elegante, tal vez un poco tímido. Pero quien se roba la foto es la madre. O mejor dicho, los inolvidables ojos de Celina Báez se encargan de robarse la foto. Los ojos de Celina Báez, una bella y apasionada mujer, esos ojos que Sonia heredó como su mayor atributo, observan al ojo de la cámara con franqueza y desafío. Nadie puede dudar de la honestidad, de la imperiosa energía de esa mujer que luce esos ojos.

Ahora de ochenta y dos años, lúcida, enérgica, siempre dispuesta a ayudar, orgullosa de sus humildes orígenes, y de la manera en que logró remontar sus dificultades hasta graduarse de enfermera y conseguir que sus hijos, Sonia y Juan, obtuvieran títulos universitarios, Celina Báez traza una ?genea?logía de luchas inacabables.

Según contó Celina Báez a sus amigos, cuando era alumna de escuela primaria, ella y sus cuatro hermanos debían compartir un solo lápiz. Sus padres guardaban religiosamente el lápiz una vez que los niños concluían sus tareas escolares, y volvían a entregarlo ceremoniosamente, para las tareas del día siguiente. Celina Báez descubrió que su mente era el mejor archivo de recuerdos. Y por eso memorizaba sus lecciones imaginando que podía enseñarlas a los árboles que crecían en el patio de su modesta vivienda. Cada árbol recibía el nombre de un pupilo, y Celina Báez iba dictando sus recién adquiridos conocimientos con un palo que usaba como puntero. Tal como recordó muchos años después su hija Sonia, para la época en que sus padres decidieron buscar nuevos horizontes en Estados Unidos, el ingreso per cápita en Puerto Rico era de 200 dólares, menos de una cuarta parte del registrado en el estado más pobre de Estados Unidos, en tanto que la tasa de analfabetismo ascendía al 61 por ciento.

Cuando Celina Báez tenía nueve años, su madre falleció. (Sonia repetiría en parte ese destino cuando falleció su padre. Ella tenía también nueve años en el momento de esa pérdida). Poco después, el padre de Celina abandonó la familia y ésta fue criada por su hermana mayor, Aurora, en San Germán, Puerto Rico.

Y antes, como ahora, el ejército fue la tabla de salvación de los pobres. En 1944, cuando tenía diecisiete años, Celina ingresó al servicio militar de Estados Unidos, y llegó a Georgia. Para ella era lo mismo que si hubiera llegado a Marte. Sabía tal vez media docena de palabras en inglés. Ignoraba la existencia de los teléfonos. En ese nuevo planeta, Celina Báez plantó bandera y nunca retrocedió, ni siquiera para tomar impulso.

Poco después de ser dada de baja, Celina se casó con Juan Luis Sotomayor, un obrero metalúrgico. Pasó casi una década antes que naciera Sonia, en 1954. A ella le siguió Juan, tres años más tarde.

En los primeros años de matrimonio, Celina Báez logró dar las equivalencias y graduarse en el colegio secundario James Monroe, en El Bronx, consiguiendo empleo posteriormente en el Prospect Hospital, un pequeño nosocomio en el sur de El Bronx donde permaneció durante treinta y cinco años. La mujer que ni siquiera conocía el inglés o la existencia de los telé?fonos al llegar a Estados Unidos, comenzó trabajando como telefonista. Y con el aliento del dueño del nosocomio, logró graduarse de enfermera.

La muerte de Juan Sotomayor de un ataque al corazón, a los cuarenta y dos años dejó a Celina Báez al timón de su familia. No había mucho tiempo para la aflicción o la autocompasión. (Hay una foto de Sonia, tomada aproximadamente por ese tiempo. Se trata de una niña que combina la robustez con la fragilidad. Sonríe con la boca, pero su mirada no puede disimular la tristeza). Celina Báez luchó para que sus hijos continuasen sus estudios en escuelas católicas, y se las

agenció para ahorrar de su magro sueldo a fin de comprar la Encyclopaedia Britannica, la única que había en todo el proyecto de viviendas de Bronxdale Houses.

"Mi hermano y yo copiamos de esos libros muchos de nuestros informes escolares, y puedo recordar la enorme carga financiera que la compra (de la enciclopedia) representó para mi madre", dijo Sonia Sotomayor en 1998.

La vida en los proyectos edilicios de Bronxdale Houses, a lo largo del Bruckner Boulevard, en el condado de Queens, no era fácil. Sin embargo, en la década delos cincuenta resultaba mucho más promisoria que medio siglo...

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