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Mi mundo adorado (Vintage Espanol) (Spanisch) Taschenbuch – 7. Januar 2014


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Über den Autor und weitere Mitwirkende

Sonia Sotomayor se graduó summa cum laude de Princeton en 1976 y de la Escuela de Derecho de Yale en 1979. Trabajó como asistente del Fiscal de Distrito del Condado de Nueva York y luego en la firma Pavia & Harcourt. Desde 1992 hasta 1998, fue juez de la Corte Federal del Distrito Sur de Nueva York, y desde 1998 hasta 2009 en la Corte de Apelaciones de Estados Unidos para el Segundo Circuito. En mayo de 2009, el presidente Barack Obama la nominó como Juez Asociada de la Corte Suprema; asumió la función el 8 de agosto de 2009.

Leseprobe. Abdruck erfolgt mit freundlicher Genehmigung der Rechteinhaber. Alle Rechte vorbehalten.

Uno

No había cumplido los ocho años cuando me diagnosticaron diabetes. Para mi familia, la enfermedad era una maldición mortal. Yo la veía más como una amenaza al ya frágil mundo de mi infancia, un estado de constante tensión salpicado de explosiva discordia a causa del alcoholismo de mi padre y la correspondiente reacción de mi madre, ya fuera la lucha familiar o la huida emocional. Pero la enfermedad también inspiró en mí una especie de autosuficiencia precoz que no es raro ver en niños que perciben que los adultos a su alrededor no son de fiar.

Podemos sacar provecho de la adversidad, aunque no lo vemos hasta que lo ponemos a prueba. Ya sea una enfermedad grave, penurias económicas o la simple barrera de unos padres con dominio limitado del inglés, las dificultades pueden forjar fortalezas insospechadas. No siempre ocurre así, por supuesto: he visto gente golpeada por la vida que no puede levantarse. Pero yo nunca tuve que enfrentarme a nada que pudiera aniquilar el optimismo innato y la perseverancia tenaz con los que fui bendecida.

De la misma manera, nunca diría que lo he logrado sola —todo lo contrario, en cada etapa de mi vida siempre he sentido que el apoyo de mis seres queridos ha hecho la diferencia decisiva entre el éxito y el fracaso. Y fue así desde el principio. Con todas sus limitaciones y debilidades, las personas que me criaron me amaban e hicieron lo mejor que pudieron. De eso no tengo dudas.

El mundo en el que nací era un diminuto microcosmos latino de la ciudad de Nueva York. La vida de mi familia extendida se circunscribía a unas cuantas calles en el sur del Bronx: mi abuela, la matriarca del clan, sus hijos e hijas, y su segundo esposo, Gallego. Mis compañeros de juego eran mis primos. En la casa, hablábamos español y muchos de mis parientes casi no sabían inglés. Mis padres habían venido a Nueva York desde Puerto Rico en 1944, mi madre con el Cuerpo Femenino del Ejército, mi padre con su familia en busca de trabajo, como otros tantos en una enorme migración de la isla impulsada por la estrechez económica.

Mi hermano, ahora el doctor Juan Luis Sotomayor Jr., M.D., pero para mí siempre Junior, nació tres años después que yo. Me parecía un incordio como solo un hermano menor puede serlo, siguiéndome a todas partes, imitando todos mis gestos, escuchando a escondidas todas las conversaciones. Pensándolo bien, en realidad era un niño tranquilo que no exigía muchas atenciones de nadie. Mi madre siempre decía que comparado conmigo, Junior era como estar de vacaciones. Una vez, cuando todavía era pequeñito, y yo no era mucho mayor, me exasperó tanto que lo llevé al pasillo fuera del apartamento y cerré la puerta. No sé cuánto tiempo tardó mi madre en encontrarlo sentadito donde yo lo había dejado, chupándose el dedo. Pero me acuerdo muy bien de que ese día me dieron una paliza.

Pero eso era solo política interna de familia. Cuando empezó en la Blessed Sacrament School conmigo, yo lo cuidaba en el patio de recreo, y cualquier abusador que pensara meterse con él tenía que vérselas conmigo primero. Si me pegaban por culpa de Junior, después arreglaba cuentas con él, pero nadie aparte de mí le ponía una mano encima.

Para la época en que nació Junior, nos mudamos a un proyecto de vivienda pública recién construido en Soundview, a unos diez minutos de distancia de nuestro antiguo vecindario. Las casas Bronxdale se extendían por tres largas calles de la ciudad: veintiocho edificios, cada uno de siete pisos de alto y ocho apartamentos por piso. Mi madre vio el proyecto como una alternativa más segura, limpia y prometedora que la decrépita casa de vecindad donde vivíamos antes. Abuelita, sin embargo, pensó que nos estábamos aventurando en un territorio lejano y ajeno, el jurutungo viejo para todo fin práctico. Decía que mi madre nunca debió habernos hecho mudar porque en el viejo vecindario había vida en las calles y la familia estaba cerca; en los proyectos estábamos aislados.

Yo sabía muy bien que estábamos aislados, pero esa situación se debía más al problema de mi padre con el alcohol y la consiguiente vergüenza. Desde que tengo uso de razón, eso coartó nuestras vidas. Casi nunca teníamos visitantes. Mis primos nunca se quedaban en mi casa como yo me quedaba en la de ellos. Ni siquiera Ana, la mejor amiga de mi madre, venía a visitarnos, aunque vivía también en los proyectos, en el edificio en diagonal al nuestro, y nos cuidaba a Junior y a mí después de clases. Siempre íbamos a su casa, nunca al revés.

La única excepción a esta regla era Alfred. Alfred era mi primo —el hijo de Titi Aurora, la hermana de mi madre. Y así como Titi Aurora era mucho mayor que Mami, y más como una madre para ella que una hermana, Alfred, quien me llevaba dieciséis años, actuaba más como un tío conmigo que como un primo. Algunas veces, mi padre le pedía a Alfred que le trajera una botella de la tienda de licores. Dependíamos mucho de Alfred, en parte porque mi padre evitaba conducir. Eso me fastidiaba porque contribuía a nuestro aislamiento. ¿De qué te sirve un carro si nunca lo conduces? No entendí, hasta que fui mayor, que probablemente el motivo era su problema con el alcohol.

Mi padre cocinaba cuando llegaba del trabajo. Era un cocinero excelente y recreaba de memoria cualquier plato que hubiera probado, así como la típica comida puertorriqueña que, sin duda, aprendió en la cocina de Abuelita. Me encantaban, sin excepción, todos los platos que preparaba, hasta el hígado encebollado que Junior odiaba y que él me pasaba cuando Papi viraba la espalda. Pero tan pronto terminábamos de cenar, todavía con los platos en el fregadero, se encerraba en el cuarto. No lo volvíamos a ver hasta que salía a decirnos que nos preparáramos para dormir. Junior y yo pasábamos solos toda la noche, haciendo las tareas y prácticamente nada más. Junior no era muy conversador todavía. Más tarde tuvimos un televisor y eso llenaba los silencios.

Mi madre sobrellevaba la situación evitando estar en casa con mi padre. Trabajaba el turno de noche como enfermera práctica en el Hospital Prospect y muchos fines de semana también. Cuando no estaba trabajando, nos dejaba en casa de Abuelita o a veces en el apartamento de su hermana Aurora, y desaparecía durante horas con otra de mis tías. Aun cuando mi madre y yo compartíamos la cama todas las noches (Junior dormía en el otro cuarto con Papi), ella dormía como un tronco, de espaldas a mí. La falta de atención de mi padre me entristecía, pero entendía de manera intuitiva que él no podía evitarlo; en cambio, la falta de atención de mi madre me enfurecía. Ella era hermosa, siempre vestida con elegancia, aparentemente fuerte y decidida. Fue ella quien nos llevó a vivir a los proyectos. A diferencia de mis tías, ella escogió trabajar. Fue ella quien insistió en que fuéramos a una escuela católica. Quizás injustamente, porque en ese momento no sabía nada de la...

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